

Ainara (Blanca Soroa), una joven idealista y brillante de 17 años, ha de decidir qué carrera universitaria estudiará. O, al menos, eso espera su familia que haga. Sin embargo, la chica manifiesta que se siente cada vez más cerca de Dios y que se plantea abrazar la vida de monja de clausura. La noticia pilla por sorpresa a toda la familia, provocando un abismo y una prueba de fuego para todos.
Director
Alauda Ruiz de AzúaGuión
Alauda Ruiz de Azúa

Rafa_Poverello
1 mar 2026
He visto Los domingos. Muchas ganas tenía, pero ahora no sé muy bien qué decir. Me acordé de Camino, de Fesser, y de La mesías, de los Javis. Y me venía a la cabeza esa cosa que a veces nos da por pensar a las personas a las que nos gusta el cine y otras artes, sea la pintura, la literatura, la fotografía... Esa cosa es si el arte tiene que conmover, que tomar partido. Por poner un poner relativo a la última de las artes a la que hacía referencia. Uno de los mejores y más reconocidos fotógrafos de la historia sea, posiblemente, Ansel Adams, un genio del paisaje, que creó el sistema de zonas junto a un compañero; y luego está la fotógrafa humanista Dorothea Lange, que no inventó una mierda, pero se hizo mundialmente famosa por sus fotos sobre la Gran Depresión. Es muy probable que cualquier persona objetiva que sepa del tema diga, con decenas de argumentos, que Adams fue mucho mejor fotógrafo que Lange, pero, la verdad, a mí me importa esa misma mierda. Pues eso mismo me acaba de pasar con Los domingos: sin duda es mucho mejor película que Camino y que la serie La mesías (igual que la cinta racista, ahistórica y defensora del Klan El nacimiento de una nación, de Griffith, sea una de las más influyentes y perfectas en el plano técnico de la historia del cine), pero un filme que podría ver con todas las de la ley Santi Abascal y con el que se podría hasta sentir identificado con sus valores, me da muy muy mal rollo. Como creyente que es uno, puedo asegurar que Los domingos la hubiera proyectado en el seminario cualquier obispo fascista, quedándose tan pancho. De hecho, por desgracia, aunque para mí la equidistancia tampoco suele ser buena consejera en el cine ni en ningún sitio, la única persona de toda la película a la que se le va, objetivamente, la pinza un poco y demuestra falta de control de emociones, e incluso de raciocinio en algunas escenas, es la atea convencida. Que además (y esto es un poco destripe), Ruiz de Azúa se encarga bien de mostrar, con bastante claridad, en el último primer plano del filme, es un personaje al que le cuesta creer en el amor de pareja y decidir humanamente. ¡Cómo no va a liarla parda con un amor espiritual! Del mismo modo que muches espectadores amarán a Mayte, puede que por esa visceralidad impotente, otres pueden comerse los mocos con el padre Txema y con sor Isabel, por su paz, su tranquilidad y su convencimiento de que el mundo no merece la pena, solo el amor del Padre. La directora sabe de lo lindo, se ha currado cada detalle que lo flipas, y un ejemplo de esto es, justo, la oración que la adolescente está repitiendo en el templo una vez y otra: es una muy conocida de Charles de Foucauld, un militar y explorador que, fíjate tú, vivió los últimos quince años de su vida como trapense, puede que la orden más estricta de la clausura, y se convirtió en un reconocido místico. Esa oración, evidentemente, se la he enseñado alguien a Ainara y, teniendo en cuenta cuando la reza y que es una oración contemplativa, no hay que hilar muy fino para suponer que han sido las monjas del convento, pero el caso es que dicho rezo, es de lo más común en las parroquias y determinados movimientos de introspección. La mayoría de las personas creyentes van a ver normal, sano y hasta sensato que, en mitad de ese rezo, Dios te hable y te llame. Los domingos es una película tan buena, tan pensada, tan precisa, tan... no quiero molestar a nadie, que me da un poco de miedo y... me gusta tanto como El nacimiento de una nación.

Miguel Garcés
Iñaki

Marco-Hugo Landeta Vacas
3 mar 2026
(CASTELLANO) Hay películas que no se posicionan abiertamente, pero dejan una huella emocional inequívoca. Aquí, la decisión de una niña de ingresar en clausura no se construye desde el conflicto ni desde la convicción, sino desde una pasividad desconcertante. No hay proceso visible, ni dudas, ni deseo formulado. Solo silencio. Y ese silencio termina siendo el verdadero discurso. La ambigüedad es constante. A ratos parece crítica, a ratos contemplativa. Pero cuando la despedida familiar se filma con una frialdad casi quirúrgica y el rostro de la protagonista transmite distancia más que plenitud, lo que queda no es trascendencia sino pérdida. Si la intención era celebrar la vocación, la puesta en escena juega en contra. Si la intención era cuestionarla, el guion no termina de profundizar en esa grieta. El monólogo de la tía Maite es, probablemente, el momento más sólido del filme. Articula objeciones racionales con claridad y sin caricatura. La respuesta de la sobrina —“rezaré por ti”— no es agresiva, pero sí reveladora: desplaza el terreno del debate hacia un plano donde el argumento ya no importa. Es una frase que clausura la conversación, no que la enriquece. Y esa tensión, bien trabajada, habría dado para una película más incisiva. Resulta especialmente llamativo el uso de Into My Arms de Nick Cave en un contexto casi litúrgico. La canción comienza negando la fe en un Dios intervencionista y habla, ante todo, de vulnerabilidad humana y amor sin garantías. Convertirla en acompañamiento de solemnidad religiosa simplifica su significado. O quizá no: quizá esa apropiación revela una ironía involuntaria, una distancia entre lo que suena y lo que realmente dice. Quién sabe si ahí, precisamente, se esconde la crítica más sutil del conjunto. En definitiva, la película sugiere más de lo que afirma, pero no siempre sabe sostener lo que insinúa. Lo que debería ser una exploración profunda sobre vocación, libertad y pérdida se queda en una ambivalencia que roza la indefinición. Hay momentos valiosos, sí, pero el conjunto no termina de encontrar su propio centro. (ENGLISH) There are films that do not take an explicit stance, yet leave an unmistakable emotional imprint. Here, the decision of a young girl to enter a cloistered convent is not built from conflict or conviction, but from a disconcerting passivity. There is no visible process, no doubts, no articulated desire. Only silence. And that silence becomes the film’s true discourse. Ambiguity is constant. At times it feels critical, at times contemplative. But when the family farewell is filmed with almost surgical coldness and the protagonist’s face conveys distance rather than fulfillment, what remains is not transcendence but loss. If the intention was to celebrate vocation, the staging works against it. If the intention was to question it, the script never fully commits to exploring that crack. The monologue by Aunt Maite is probably the film’s strongest moment. She articulates rational objections clearly and without caricature. The niece’s reply —“I will pray for you”— is not aggressive, but it is revealing: it shifts the debate onto a plane where argument no longer matters. It is a sentence that closes the conversation rather than enriching it. And that tension, properly developed, could have sustained a far more incisive film. The use of Into My Arms by Nick Cave in an almost liturgical context is particularly striking. The song begins by denying faith in an interventionist God and speaks, above all, of human vulnerability and love without guarantees. Turning it into an accompaniment to religious solemnity simplifies its meaning. Or perhaps not: perhaps that appropriation reveals an unintended irony, a distance between what is heard and what is actually being said. Who knows if that is where the film’s most subtle critique truly lies. Ultimately, the film suggests more than it asserts, but it does not always manage to sustain what it hints at. What should be a profound exploration of vocation, freedom and loss ends up in an ambivalence that borders on indefinition. There are valuable moments, yes, but the whole never quite finds its own center.
2009
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